Morir en el Señor

Una de las mayores intuiciones espirituales de San Juan Pablo II fue la de exhortarnos a reavivar y conservar la memoria de los mártires del siglo XX, uno de los más violentos de la historia. Y ciertamente, al recordar ante Dios a los numerosos testigos de la fe, fuimos llevados a recordar con ellos a las innumerables víctimas, y más ampliamente aún a las mujeres y los hombres de toda raza, tiempo y condición que perdieron sus vidas en circunstancias dramáticas, en tierra y en mar, en la guerra y en la paz, lejos de cualquier consuelo humano, víctimas de violencias sin sentido o de catástrofes incontenibles, o en el abandono y en la soledad. Un inmenso grito de dolor parece elevarse en el silencio del polvo de cada rincón de la tierra para quien tenga oídos para escucharlo, acordándose de millones y miles de millones de personas olvidadas. El grito de las criaturas que se sienten caer en un abismo de vacío y olvido. Por ellos y con ellos también nosotros queremos elevar un grito de petición de misericordia.

Las imágenes de las filas de ataúdes alineados en las iglesias de Lombardía, las de la gran fosa común cerca de Nueva York, el pensamiento de tantas personas, especialmente de las personas ancianas que han muerto en condiciones de aislamiento y soledad en el curso de los últimos meses nos han conmovido profundamente. No sólo por el legítimo dolor de los parientes que no pudieron vivir el desapego de sus seres queridos con consuelos humanos y cristianos, sino más aún por los mismos difuntos, por los que murieron y mueren en la soledad.

Todo esto nos ha hecho comprender, una vez, cuán preciosos son la cercanía y el afecto sincero en el tiempo de la fragilidad, de la vejez y de la enfermedad. Pero también nos ha hecho reflexionar acerca de que, probablemente, cada muerte, incluida la nuestra, siempre lleva dentro de sí una dimensión de soledad. Porque al final, cada consuelo y cercanía de los demás se vuelve impotente y ya nadie es capaz de escapar del pasaje final.

¿Cómo podemos prepararnos para un momento semejante, que es común a todos, que para las víctimas del coronavirus se ha anticipado, pero que sin embargo estaba ante ellas como lo está ante nosotros? ¿Cómo escapar de la angustia de precipitar en la nada?

Hace unos días tuvimos la gracia de revivir la muerte de Jesús. Cada día la revivimos uniéndonos, sacramental o espiritualmente, con Jesús en comunión. Pero el Viernes y el Sábado santos traen consigo una gracia especial. La muerte de Jesús es una muy verdadera y muy cruel, que lleva sobre sí mismo toda la experiencia del abandono de los hombres y también de un misterioso abandono por parte de Dios, como dice el versículo del Salmo que Jesús exclama en la cruz. Una muerte tan verdadera a la que sigue el hecho de ser un cadáver en un sepulcro en el día Sábado.

En el Credo afirmamos: «… fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos…». El descenso de Jesús a los infiernos dice que Él se vuele cercano y hermano de todos los que descendieron al abismo de la muerte. No se olvida de ninguno. Para Jesús no hay muertos olvidados, en ningún lugar de la tierra y de la historia, en ningún rincón afectado por la pandemia. Jesús murió verdaderamente como ellos y con ellos.

Después de la muerte de Jesús, su descenso a los infiernos y su resurrección, la muerte ya no es la misma que antes. «¿Dónde está tu victoria oh muerte?», exclama San Pablo. La muerte ahora puede ser vivida con Jesús, que revela un amor de Dios más fuerte que la muerte. Y esto va más allá de toda soledad humana. La muerte, incluso la más desconocida y olvidada, puede convertirse así confiar su propio espíritu en las manos de un Padre.

Hace unos días el Papa Francisco en Santa Marta, comentando las palabras de Jesús a Nicodemo, invitó a todos a mirar al Crucificado. Es el punto central de la fe y de la vida cristiana. Quien las hayan visto, jamás podrá olvidar las imágenes de San Juan Pablo II abrazado a la cruz en su capilla unos días antes de su muerte, mientras en el Coliseo la gente estaba unida a él en oración en el Vía Crucis del Viernes Santo.

No hay otro modo de prepararnos para vivir la muerte que mirar con toda nuestra alma al Crucificado que muere con nosotros y por nosotros, y permanecer abrazados a él con todo nuestro corazón. Entonces la muerte vivida con Jesús podrá perder su rostro espantoso y dejar intuir un misterio de amor y de misericordia. Entonces quizás ya no sentiremos el impulso de rechazar el pensamiento y borrarlo de nuestra vida cotidiana; al contrario, con la fe y con el paso del tiempo podrá sernos familiar hasta convertirse en «hermana», como dice San Francisco.

También en el mundo secularizado llega la muerte, con el coronavirus o de otra manera. Pero no olvidemos que, gracias a Jesús, la muerte ya no tiene la última palabra, sino que toda muerte, incluso la más olvidada y solitaria, no es caer en la nada, sino en las manos del Padre.

CCJ NOTICIAS

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