El Papa Francisco dedicó su catequesis al tema de “la perseverancia en la oración” en la Audiencia General de este miércoles 9 de junio que se llevó a cabo en el patio de San Dámaso del Vaticano con la presencia de numerosos fieles.

“Poner en práctica estos principios no es fácil. Un padre y una madre, ocupados con mil cometidos, pueden sentir nostalgia por un periodo de su vida en el que era fácil encontrar tiempos cadenciosos y espacios de oración. Después, los hijos, el trabajo, los quehaceres de la vida familiar, los padres que se vuelven ancianos… Se tiene la impresión de no conseguir nunca llegar a la cima de todo. Entonces hace bien pensar que Dios, nuestro Padre, que debe ocuparse de todo el universo, se acuerda siempre de cada uno de nosotros. Por tanto, ¡también nosotros debemos acordarnos de Él!”, dijo el Santo Padre.

A continuación, el texto de la catequesis pronunciada por el Papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En esta penúltima catequesis sobre la oración hablamos de la perseverancia al rezar. Es una invitación, es más, un mandamiento que nos viene de la Sagrada Escritura. El itinerario espiritual del Peregrino ruso empieza cuando se encuentra con una frase de san Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses: «Recen constantemente. En todo den gracias» (5,17-18).

La palabra del Apóstol toca a ese hombre y él se pregunta cómo es posible rezar sin interrupción, dado que nuestra vida está fragmentada en muchos momentos diferentes, que no siempre hacen posible la concentración.

De este interrogante empieza su búsqueda, que lo conducirá a descubrir la llamada oración de corazón. Esta consiste en repetir con fe: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ¡ten piedad de mí pecador!”. “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ¡ten piedad de mí pecador!” ¿La han escuchado? ¿La decimos juntos? “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ¡ten piedad de mí pecador!” Es una oración sencilla, muy bonita.

Una oración que, poco a poco, se adapta al ritmo de la respiración y se extiende durante toda la jornada. ¿Cómo era? “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ¡ten piedad de mí pecador!” Yo no escuché, un poco más fuerte: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ¡ten piedad de mí pecador!” Repetirla, repetirla, es importante.

De hecho, la respiración no cesa nunca, ni siquiera mientras dormimos; y la oración es la respiración de la vida.

¿Cómo es posible custodiar siempre un estado de oración? El Catecismo nos ofrece citas bellísimas, tomadas de la historia de la espiritualidad, que insisten en la necesidad de una oración continua, que sea el fulcro de la existencia cristiana. Cito algunas de ellas.

Afirma el monje Evagrio Pontico: «No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar» (n. 2742). El corazón en oración. Hay por tanto un ardor en la vida cristiana, que nunca debe faltar. Es un poco como ese fuego sagrado que se custodiaba en los templos antiguos, que ardía sin interrupción y que los sacerdotes tenían la tarea de mantener alimentado. Así es: debe haber un fuego sagrado también en nosotros, que arda en continuación y que nada pueda apagar. No es fácil, pero debe ser así.

San Juan Crisóstomo, pastor atento a la vida concreta, predicaba así: «Incluso en el mercado o mientras un paseo solitario, es posible hacer una frecuente y oración ferviente, es posible en su negocio, mientras compran, mientras venden, o también mientras cocinan» (n. 2743). Pequeñas oraciones: “Señor ten piedad de mí”, “Señor ayúdame”.

Por tanto, la oración es una especie de pentagrama musical, donde nosotros colocamos la melodía de nuestra vida. No es contraria a la laboriosidad cotidiana, no entra en contradicción con las muchas pequeñas obligaciones y encuentros, si acaso es el lugar donde toda acción encuentra su sentido, su porqué y su paz, en la oración.

Cierto, poner en práctica estos principios no es fácil. Un padre y una madre, ocupados con mil cometidos, pueden sentir nostalgia por un periodo de su vida en el que era fácil encontrar tiempos cadenciosos y espacios de oración. Después, los hijos, el trabajo, los quehaceres de la vida familiar, los padres que se vuelven ancianos… Se tiene la impresión de no conseguir nunca llegar a la cima de todo. Entonces hace bien pensar que Dios, nuestro Padre, que debe ocuparse de todo el universo, se acuerda siempre de cada uno de nosotros. Por tanto, ¡también nosotros debemos acordarnos de Él!

Podemos recordar que en el monaquismo cristiano siempre se ha tenido en gran estima el trabajo, no solo por el deber moral de proveerse a sí mismo y a los demás, sino también por una especie de equilibrio, de equilibrio interior en el trabajo: es arriesgado para el hombre cultivar un interés tan abstracto que se pierda el contacto con la realidad. El trabajo nos ayuda a permanecer en contacto con la realidad. Las manos entrelazadas del monje llevan los callos de quien empuña pala y azada.

Cuando, en el Evangelio de Lucas (cfr 10,38- 42), Jesús dice a santa Marta que lo único verdaderamente necesario es escuchar a Dios, no quiere en absoluto despreciar los muchos servicios que ella estaba realizando con tanto empeño.

En el ser humano todo es “binario”: nuestro cuerpo es simétrico, tenemos dos brazos, dos ojos, dos manos… Así también el trabajo y la oración son complementarios. La oración – que es la “respiración” de todo – permanece como el fondo vital del trabajo, también en los momentos en los que no está explicitada. Es deshumano estar tan absortos por el trabajo como para no encontrar más el tiempo para la oración.

Al mismo tiempo, no es sana una oración que sea ajena de la vida. Una oración que nos enajena de lo concreto de la vida se convierte en espiritualismo, o peor, ritualismo. Recordemos que Jesús, después de haber mostrado a los discípulos su gloria en el monte Tabor, no quiere alargar ese momento de éxtasis, sino que baja con ellos del monte y retoma el camino cotidiano. Porque esa experiencia tenía que permanecer en los corazones como luz y fuerza de su fe. También luz y fuerza para los siguientes días duros, los de la pasión.

Así, los tiempos dedicados a estar con Dios avivan la fe, la cual nos ayuda en la concreción de la vida, y la fe, a su vez, alimenta la oración, sin interrupción. En esta circularidad entre fe, vida y oración, se mantiene encendido ese fuego del amor cristiano que Dios se espera de cada uno de nosotros.

Y repitamos la oración sencilla, que es muy bonito repetirla durante el día, veamos si todavía la recuerdan, todos juntos: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ¡ten piedad de mí pecador!”, otra vez, “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ¡ten piedad de mí pecador!” Decir esta oración, continuamente, te ayudará a la unión con Jesús. Gracias.

CCJ NOTICIAS.

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