Dios no castiga ni prueba a nadie: respeta, se solidariza, ayuda…

José Luis Caravias S.J., teólogo de origen español, vive en Paraguay desde 1961. Ha escrito más de treinta libros de espiritualidad. “Esta pandemia nos exige repensar la forma en que habitamos la Casa Común, la forma en que producimos, consumimos y nos relacionamos entre nosotros y con la Naturaleza. O nos sentimos humanos, co-iguales, en la misma Casa Común, o nos hundiremos todos”.

La invasión mundial del coronavirus está haciendo resonar sirenas estridentes de alerta máxima en todos los cerebros humanos. Nunca antes el homo sapiens había sufrido algo tan universal y tan consciente. Se nos informa metódicamente de los infectados y los muertos a escala planetaria. ¡Aplastante información masiva! Y las consecuentes sobredosis de angustias y obsesiones.

Ante tantos sufrimientos y tantos miedos acumulados saltan con fuerza interrogantes hirvientes: ¿Quién es el responsable de tanto desastre? ¿Hasta dónde durará? ¿Es todo esto un castigo de Dios, como lo afirman algunos muy serios personeros religiosos?

Algunos afirman que el virus ha sido creado en laboratorios especiales. O es consecuencia de una imprudente manipulación genética. La realidad es que la pandemia nos está pisoteando a todos. Y que no sabemos cómo combatirla. Lo único que podemos hacer es aislarnos, pues el poder de contagio es imperativo. El mundo entero vive obsesionado con evitar los contagios.

No se trata de un castigo de Dios

¿Sirve la oración ante esta catástrofe mundial? Por supuesto que sí, pero aclarando a qué Dios nos dirigimos. En primer lugar, tenemos que rechazar la idea de que se trata de un castigo de Dios, al que hay que suplicar que tenga misericordia de nosotros y deje de castigarnos. Así lo predican diversos sacerdotes y movimientos religiosos fundamentalistas. Esas personas se estancaron en el Antiguo Testamento. No han llegado al Dios de Jesús, expresión máxima de la misericordia. El Dios de Jesús es siempre enteramente bueno, incapaz de desencadenar crueles castigos.

Dios no es todopoderoso fuera de los ámbitos del amor. Él no puede hacer el mal a nadie. Y esta pandemia es terrible para muchísima gente. Él no la provocó. Eso es imposible porque Dios es Amor, y el coronavirus no tiene nada de amor. Es cruel y ciego…

¿De dónde viene entonces el contagio? A ciencia cierta no lo sabemos. Pero surgen serias sospechas de que provino de una mala manipulación de la Naturaleza. Pero de ninguna forma como castigo de Dios. Yo no puedo creer en un dios capaz de castigar así a la humanidad. En ese punto soy ateo.

¿Qué papel entonces desempeña Dios ante esta pandemia? ¿Cómo se comporta?

En primer lugar, tenemos que ser conscientes de que Dios respeta a la Naturaleza que él mismo creó. Respeta las energías que él mismo le infundió. Pero si nosotros no respetamos esas energías, este pequeño planeta azul responde a sus trasgresores. Hemos destrozado la capa de ozono que nos defendía. Las selvas las estamos convirtiendo en desiertos. Los hidrocarburos, sacados de las entrañas de la Tierra, asfixian a nuestra atmósfera. Se realizan manipulaciones genéticas a la larga imposibles de controlar.

Los poderosos a toda costa quieren seguir extrayendo combustibles fósiles: petróleos y carbones. Las grandes selvas, fábricas del oxígeno que respiramos, están siendo arrasadas. La Tierra se está recalentando y los glaciares se van derritiendo… Toneladas de plásticos pudren los océanos y ahogan sus vidas. Cada vez hay menos agua potable. Millones de anónimos mueren por hambre, estadística que nunca nos pasan…

¿Hasta dónde está llegando la manipulación genética? No sólo de alimentos, sino de animales y de personas también. ¿Qué daños nos pueden causar sus fracasos? ¿En qué tipos de epidemias nos pueden meter si sus experimentos se descontrolan?

A la Madre tierra le arrancan pedazos de sus pulmones, sus intestinos y su cerebro, ¿cómo no se va a enfermar? Si no cambian los altos egoísmos de los grandes capitales, pandemias peores aún nos esperan. Sí, es para asustarse en grande, ya que los grandes egoísmos no están dispuestos a cambiar. Véase lo que sucede en los encuentros internacionales sobre el clima…

No, el culpable de la pandemia actual y de las que vendrán después, no es Dios, sino el egoísmo terrorífico de unos cuantos… Consentido y halagado por nuestras ignorancias, nuestra desunión y nuestras irresponsabilidades.  Si los humanos nos empeñamos en realizar disparates, él no nos ataja: nos respeta con pena…

Dios creó un mundo y un universo maravillosos

Dios creó autónomo a un maravilloso Universo en evolución según las energías programadas que él mismo le otorgó. El Creador es ingeniero tan genial que no tiene que estar a cada rato dando órdenes nuevas para que su Creación siga funcionando.  El mundo es sabiamente automático, relativamente autónomo. Por eso es absurdo pedirle a Dios que meta su mano en la Naturaleza y cambie por un momento algunas de sus fuerzas motrices. Que las placas tectónicas choquen entre sí y produzcan un terremoto es algo normal, y sería incoherente pedirle a Dios que mi casa, que está en la zona, no sea dañada. Lo mismo de absurdo es esperar que a mí no me tocará el coronavirus porque pongo mi confianza en Dios… ¡Si toco zonas infectadas me infectaré yo también, por más fe que presuma tener!

Dios no es un mago; no cura por magia. No está sordo, ni vive aislado; no hay que hincharle para que nos atienda. De ningún modo es cruel. Creer que esta pandemia la ha enviado Dios para castigarnos o corregirnos es fomentar el ateísmo, pues un Dios así no existe.

¿Para qué entonces sirve la fe en Dios? Para mucho. Dios no mata coronavirus, pero sí puede ayudarnos a que nosotros venzamos su invasión. La fe en Dios nos hace conscientes y solidarios. Nos hace respetar a la Naturaleza. Pulveriza el miedo y el desánimo. Ilumina las mentes de los científicos para que puedan desarrollar vacunas eficaces. Fortalece al “personal de blanco” para que se mantengan en pie, superando cansancios y desánimos; y los ilumina para que su atención cercana sea eficaz. Da esperanzas y energías a los enfermos y a sus familias. Y a los que han perdido a seres queridos, la fe los consuela aceptando que Dios recibe a sus difuntos y les otorga la plenitud de su ser.

Jesús afirma que él sufre con los que sufren

Jesús está hoy íntimamente cerca de las víctimas del coronavirus. Ser consciente de ello es muy importante. Y espera que los no infectados sepamos atender con cariño y eficacia a toda persona enferma, viendo en ella al mismo Jesús.

O abrimos los ojos, y cambiamos de mentalidad y de conducta, o las grandes mayorías de humanos cada vez sufriremos peores pandemias. Dios se nos ofrece para poder construir juntos un mundo nuevo… Él no es terror, sino solidaridad.

Hoy honramos a Dios quedándonos en nuestras casas, evitando así que este virus, tan sutil, pueda pasar de unas personas a otras. Dios no quiere que nos infectemos, pero necesita que seamos responsables evitando todo tipo de contagio. Hoy honramos a Dios lavándonos a fondo las manos…

Esta pandemia nos exige repensar la forma en que habitamos la Casa Común, la forma en que producimos, consumimos y nos relacionamos entre nosotros y con la Naturaleza. O nos sentimos humanos, co-iguales, en la misma Casa Común, o nos hundiremos todos.

José Luis Caravias S.J.

José Luis Caravias S.J.

CCJ NOTICIAS

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