La emergencia mundial causada por el coronavirus está estrechamente vinculada a una situación de grave crisis financiera y ecológica que ya no es sostenible y que requiere que sigamos el camino de una nueva «economía de la vida» para proteger a la humanidad. Esto es lo que el Consejo Ecuménico de Iglesias (CMI), la Comunión Mundial de Iglesias Reformadas (CMIR), la Federación Luterana Mundial (FMP) y el Consejo para la Misión Mundial (CMM), en un mensaje conjunto, están defendiendo, unidos para instar a los gobiernos a adoptar medidas para una protección sanitaria y social diferente y más incisiva, a corto y largo plazo.


En esas medidas, según un artículo del Osservatore Romano,  sería la de «garantizar la realización de pruebas generalizadas, el suministro de equipo de protección y otros equipos de atención de la salud», dotar a los hospitales de todos los instrumentos necesarios; la cobertura médica, especialmente para los más necesitados; y promover la «búsqueda de una vacuna o un tratamiento eficaz y accesible», sin desigualdades. Pero también prestaciones de bajos ingresos, asistencia para el desempleo e incentivos para las pequeñas empresas e impuestos progresivos sobre el patrimonio nacional y mundial para dar una respuesta eficaz a los efectos negativos de la pandemia. En efecto, estas medidas no deben ser sólo paliativas, sino que deben estar dirigidas principalmente a salvar a estas categorías de personas y no a los intereses partidistas como ha ocurrido a veces, dice el mensaje, evitando situaciones de reanudación demasiado temprana de la actividad económica que podrían crear el riesgo de un resurgimiento del contagio.

La vulnerabilidad, subraya el documento, no sólo significa sufrir más por la falta de alimentos y medios de vida, sino también estar expuesto con mayor frecuencia a la recurrencia de la violencia racista; o a la violencia doméstica, de la que no se puede escapar. En este sentido, la protección de la dignidad de la mujer, incluso en el lugar de trabajo, debe ser una de las prioridades de las estrategias de intervención del Estado, al igual que la protección del medio ambiente. La propagación mundial del contagio, de hecho, también ha puesto el acento en el descuido ecológico de la Tierra, la cual, se subraya en el texto, se explota como si tuviera recursos ilimitados. Los científicos que estudian la diversidad biológica han señalado que la deforestación, la expansión incontrolada de la agricultura, la minería exasperada y la cría de especies silvestres son fenómenos que favorecen la «tormenta perfecta» para la propagación de los virus. Para detener la tendencia negativa, explica el documento, es esencial fomentar la agroecología y el uso de energía renovable, proyectos comunitarios para la protección de la salud y la capacidad de recuperación, y trabajar para la «protección y el apoyo de los ecosistemas en los que nuestras economías están esencialmente integradas».

Lo que estamos experimentando, recuerdan las Iglesias Cristianas que firmaron el mensaje, «es un período apocalíptico. El término «apocalipsis» significa «revelar» o «descubrir». A su luz vemos de nuevo las realidades distorsionadas y las desigualdades» consideradas por algunos como «normales e incuestionables». Las causas y las raíces sistémicas de esta pandemia indican, por lo tanto, la necesidad de un cambio repentino a la luz de esa «revelación» que el covid-19 está presentando en todo el mundo. «Este es un llamado a la conversión – señala el comunicado – donde estamos llamados a escuchar el lamento de toda la creación» combinado con la esperanza de redención. Es necesario, pues, abrazar «una teología liberadora vinculada a una economía redentora», una «economía de la vida», precisamente, fundada en la justicia y la dignidad humana. En el actual «momento profético», se especifica en la parte final del mensaje, «como Iglesias, podemos ver aquí un camino hacia una nueva creación» capaz en el tiempo de «enraizar nuestros sistemas, poderes y corazones» en un nuevo orden, alejando al planeta de un trágico destino. Sin embargo, para que esto se haga realidad, es esencial una valiente colaboración entre los países espiritualmente vinculados «en redes de comunidades de fe, sociedad civil y movimientos sociales, así como nuevos sistemas de gobernanza mundial arraigados en la justicia, la atención y la sostenibilidad».

CCJ NOTICIAS

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